Pan y circo • Casa de Artes y Circo Contemporáneo
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Pan y circo

Recuerdo todavía la primera vez que tuve contacto con un circo, era yo muy pequeño cuando mis padres decidieron llevarnos, mis hermanos y yo estábamos asombrados de todo lo que se escondía debajo de esa carpa, en ese entonces había hasta elefantes dentro de esa carpa mágica llena de fantasía y valor. Nunca más regresé en mi infancia al circo, así quedó olvidado en el armario de los recuerdos junto con esa foto que nos tomaron.

Después de años, cuando mis hijos tendrían como seis años se me ocurrió llevarlos al circo, recuerdo que lo más satisfactorio para mí fue ver sus caras de asombro cuando veían volar a los trapecistas, me encantó verlos felices por los payasos y cada cosa que pasaba en la pista era una sensación diferente, pasaban de la risa al asombro, al miedo, pasaban de una sensación a otra en segundos. Desde ese día me intrigó el circo, en mi cabeza me repetía un sinfín de preguntas ¿que había detrás de ese espectáculo tan antiguo?, ¿a cuanta gente habrá llegado en la historia?, ¿como llegaba uno a ser cirquero? Noté que para salir a escena se necesitaba algo más que vocación, era indispensable tener pasión, sí, en el momento del espectáculo los integrantes del circo tenían que estar en todo, desbordados hacia su público, entregados en cuerpo y alma.

 

Debo confesar que nunca ni en lo más recóndito de mis pensamientos pensé tomar algún día una clase de circo y mucho menos imaginé que fuera a los 49 años. Todavía recuerdo mi sensación al entrar a la Casa de Artes, era como un gimnasio pero de circo, lleno de equipo que no sabía para que lo utilizaban y otras tantas cosas las cuales no tenía ni idea para qué servían. Me quedé contemplando una clase de acrobacia aérea, se me hizo tan difícil que estuve a punto de renunciar al estar ahí, pero como ya había pagado la clase muestra de flexibilidad, pues a seguir con la encomienda. Llegó la maestra y lo primero que dijo cuándo me vio, fue: ¿Sabes a lo que vienes? Obvio creía saber, pero en verdad no tenía la más mínima idea de lo que se trataba ser flexible, creía que era tocar el suelo con las manos doblando las rodillas como lo hacía en secundaria. Mi primera clase transcurrió entre dolor, pena, ego lastimado y muchas sensaciones que curiosamente se parecían mucho a las de mis hijos cuando los lleve por primera vez al circo, eso me llevó a tantos recuerdos pasados de mí, podría decirse que fue una experiencia catártica, recordé el miedo que me daban las marometas cuando era niño y un sinfín de cosas, cuando terminé la clase sabía que estaría atado a ella durante mucho tiempo.

Comencé con una clase a la semana (no me fuera a cansar mucho), me di cuenta que mis avances eran notorios (aunque solo yo los notaba). Debo decir que la maestra ponía especial cuidado en mí, me daba ejercicios exclusivos cuando no podía hacer algo, eso es algo que reconozco de los maestros del circo, su compromiso para con sus alumnos porque al tener un maestro dedicado seguramente solo se quedarán los alumnos comprometidos con la enseñanza, eso hace muy distinta la experiencia de tomar clases de circo, noté que la relación alumno maestro era muy retroalimentadora, eso me encantó, nunca había tenido la oportunidad de vivir una experiencia de aprendizaje así.

La experiencia se fue enriqueciendo cada clase con los compañeros que siempre estaban dispuestos a ayudar, cooperaban en todo para ayudarme, me daban consejos los cuales mi cuerpo no entendía y la mayoría de la veces tampoco mi mente. Tienes que rotar el muslo hacia adentro decían, ajá sí, y después?, había instrucciones que por dentro me preguntaba ¿y eso se puede? Fue un proceso muy largo, pero entendí que el cuerpo es una maquinaria muy perfecta que se ajusta a las necesidades de cada quien, si lo dejas ser flojo, él se vuelve laxo, pero si lo trabajas en extremo tu cuerpo responde de la misma manera, así que intensifiqué las exigencias a mi cuerpo, pero también a mi mente, en pocas palabras decidí salir de mi zona de confort.

Este fue mi primer gran cambio, me di cuenta que en general  mi vida estaba en esa zona, motivo de tanta literatura de superación personal, la había estudiado con detenimiento pero fue en mi clase de circo donde en verdad me cayó el veinte, entendí la zona de confort, en la Casa de Artes esa franja no existía porque tanto maestros como alumnos y artistas de circo siempre están intentando cosas nuevas, si malabarean con cinco objetos por qué no mejor con seis o con ocho, nunca están a gusto con lo que hacen, siempre están buscando más perfección, más espectáculo, se convierte en una obsesión por descubrir los alcances de la mente y el cuerpo en condiciones de exigencia extrema.

Estar al lado de tanta gente tan talentosa y tan entregada obvio trae consecuencias, mi vida se empezó a llenar de retos desde los más triviales hasta cambiar hábitos muy arraigados en mi personalidad, eso me hacía sentir y vivir de una manera distinta. Cada clase en la Casa de Artes se volvió un desafío que muchas veces superaba pero otras tantas me frustraba, pero algo dentro de mí me decía que algún día lo podría hacer, aún hoy después de seis años los desafíos continúan, creo que nunca acabaré de aprender lo que cuerpo y mente pueden llegar a hacer.

No sé cómo, no sé en qué momento, no sé si fue influenciado por mis maestros o por mi inconsciente pero el split se volvió como mi obsesión, ese fue mi primer gran reto en mis clases de Flex. Me fui dando cuenta que el cuerpo se tiene que trabajar de una forma más integral porque cada movimiento lleva la acción de muchos músculos a veces en antagonismo, me di cuenta que el sistema músculo-esquelético está perfectamente diseñado en cadenas musculares establecidas que ni imaginas y todo lo que está en juego en cada movimiento de la vida cotidiana, fue entonces cuando me hice consciente de mi cuerpo en la cotidianidad.

Conforme fue pasando el tiempo fueron cambiando mis maestros, de todos tengo muy gratos recuerdos, en cada clase aprendo cosas nuevas que curiosamente habían estado ahí pero no me había dado tiempo de notarlas, pero gracias a mis maestros (que por cierto han sido más mujeres) he tenido el interés por aprender sobre funciones anatómicas y motoras del organismo humano que todos tenemos pero que la mayoría no hemos desarrollado. Durante este tiempo he visto transformaciones muy importantes en mi vida. Creo que la Casa de Artes,  mis maestras y/o maestros de circo han sido fundamentales, al aumentar mi flexibilidad corporal mi mente se ha vuelto más abierta a nuevas formas de ver y sentir, también he aprendido a convivir con jóvenes entusiastas y recordar esa etapa de mi vida que tenía olvidada, una experiencia muy gratificante para mí fue haber tenido la oportunidad de interactuar con mis hijos los dos como alumnos, esa experiencia fue muy reveladora porque vi en mis hijos cosas que yo también hacía, fue entender sus cualidades y defectos, eso es algo que yo  recomendaría ampliamente como un apoyo terapéutico para la dinámica familiar, para que gastar en psicólogos si puedes tomar clase de Flexibilidad o de Acrobacia o de Malabares.

Pero el mayor aprendizaje que se me incrustó en el cerebro en este tiempo es que: el dolor (aunque sé que hay dolores que casi te matan) hay que vivirlo, enfrentarlo, pero sobre todo aceptarlo porque muchas veces está ahí para crecimiento personal, muchas veces la única forma de salir de él es la tenacidad y constancia. Sí, en las clases de circo hay veces que el dolor físico supera tu umbral del dolor, pero es una franja de tiempo que una vez superada llegas a un estado de superación de ese sentimiento, es algo que te marca para toda tu vida, superar el dolor es superar muchas cosas, incluso dejar de sufrir por cosas que no tienen sentido.

Como consecuencia de estos seis años mi postura ha mejorado mucho, incluso veo compañeros amigos míos de mi edad y en verdad me dan ganas de que vivan esta experiencia, dejé de fumar, bajé de peso, pero lo más importante es que se me quitó lo amargado y río de todo, a veces soy medio simple.

Siempre me he arrepentido de no haber llevado un registro fotográfico de toda esta transformación durante seis años de mi vida en la Casa de Artes y Circo Contemporáneo, pero ahí les dejo mi testimonio por escrito.

Después de muchos años he comprendido las enseñanzas de mi abuela cuando me decía:  a la gente hay que darle Pan y circo, yo siempre pensé que lo decía para manipular, pero hoy interpreto distinto a mi querida Ma, ella pensó que pan para mantener el cuerpo físico y circo para el alma.

Quiero reconocer de forma muy especial a mi compañera y amiga Lucía, en verdad me ha inspirado mucho con su dedicación a la práctica, pero sobre todo estoy profundamente agradecido por su paciencia, te quiero querida amiga.

José Antonio Aguerrebere Devereux Toño